sábado, 4 de noviembre de 2006

EN UN LUGAR SOLITARIO (III)

Para Leti, apasionada del cine francés.
La pantalla está en negro. Se ilumina una estrecha franja horizontal en su mitad y deja ver unos ojos de mujer con restos de lágrimas ya casi secas. La pantalla, gradualmente, se va llenando con su rostro en un primerísimo primer plano. Comienza la conversación entre susurros:
Florence: Soy yo la que no puede más... te quiero... te quiero... así que es necesario... te quiero
-la cámara se va alejando-
Florence: No te dejaré Julien. Sabes que estaré allí...
-está hablando por teléfono-

Florence: ...contigo.
-se ve al interlocutor-
Julien: Te quiero. Si no oyera tu voz, me perdería en el silencio.
-sobreimpresos en el rostro de la mujer, los crédito iniciales-
Florence: No eres muy valiente -sonríe-
Julien: El amor no es valiente.
Florence: Cállate
-vuelve a sonreir y aparece el título: Ascensor para el cadalso y comienza a sonar Miles Davis-
Ahora que está de estreno el cine negro y de gángsters con la vuelta de De Palma (La Dalia Negra) y Scorsese (Infiltrados), merece la pena echar la vista atrás a la Francia de 1958 y a la ópera prima de un Louis Malle que contaba cuando la dirigió con 24 años. Anoche, en el Super 8 de Huelva (bar retro, adornado con mil imágenes de series y películas de los 70-80's) hablábamos algunos amigos de la incapacidad o dificultad a la hora de valorar una obra de arte como buena o mala (por simplificarlo de algún modo, claro). Y lo que más o menos quedó claro es que había dos caminos -no necesariamente paralelos- para llegar a hacer una buena obra de arte (en cualquier variante: música, cine, literatura, etc): una, amoldarse y exprimir hasta sus más profundas consecuencias las características de un género/estilo determinado y, dos, penetrar en las intimidades de ese género y violarlo, transgredir sus normas de manera consciente, dando lugar a una visión propia que tenga en cuenta la tradición, pero que la utilice para desviarla hacia el nacimiento de algo nuevo.
Y eso es lo que hace Malle con el cine negro, crea una estupenda película que se enmarca dentro de este género no sólo en la trama (una pareja de amantes planean la muerte del esposo de ella y jefe de él; accidentes cotidianos, fortuitos e incontrolables entran en juego una vez que se ha llevado a cabo el asesinato), sino en los ambientes, la luz, la dirección de actores.
Por otra parte, el tratamiento de los personajes, el tono intimista, la duración de los planos, la sencillez de ciertas conversaciones, rompe con la tradición norteamericana del film noir y provoca la aparición de algo nuevo, de un nuevo código, que pronto pasará a denominarse la nouvelle vague francesa.
En resumidas cuentas, obra maestra por lo que cuenta y por cómo lo cuenta. Film absolutamente moderno del que, esperemos, no hagan nunca ningún remake -no sé si lo tiene-, porque, en ese caso, estará más anticuado que el original.
Florence: Más tarde, hablarán de nosotros. Nos citarán como ejemplo. La música seguirá... y ya estaremos muertos.

Ascensor para el cadalso (Ascenseur pour l'échafaud),de Louis Malle, con guión de Louis Malle, a partir de la novela de Noël Calef

lunes, 30 de octubre de 2006

MÁS DE CIEN MENTIRAS

Para Lui, ahora más que nunca, ¡recuérdalo!

¡Cuántas veces no habremos oído que la vida merece la pena! Mucho, pero para realmente averigüarlo hay que descender a los detalles, como hizo Sabina en su "Más de cien mentiras (que valen la pena)". Agustín me propuso un listado y yo acepté el reto. Aquí van unas de mis cien mentiras que hacen que la vida valga la pena:

El pan con tomate, el zumo de naranja, el Babelia por la mañana, el guacamole, la pasta, las comidas de la Lui, la Lui en las comidas, Lui desrizándose su rizo, Lui rizándonos con su risa. Los chistes malos de Irene, Irene sin sus chistes. El puño levantado de Agustín enfatizando lo que dice. Mis hermanos-amigos, las madrugadas de verano en Los Toreros, las risas con Vero, las cervezas con Rosario, las divagaciones con Paco, la petanca con mi padre, el cine con mi madre. Mi hermana con su maldad, el Billy para cualquier situación, Christian en cualquier charla.
Un 14 y un 5 que suman dos 10, un taconazo en
Old Trafford, un último pase en el Bernabeu. Una finta y un triple que vale un último anillo. El primer toque en un partido, el revés paralelo, la camiseta sudada, el pañuelo en el pelo, el voleyplaya, las pachangas de fútbol en el campo, los pases largos en la playa, el bote del balón de baloncesto, los triples limpios, los ganchos a tablero, las pachangas a tres equipos.
El camino de ida a tu casa, el lunar en el trasero, el olor en el cuello, el beso en el vientre. Un abrazo de más, un beso por lo menos, que la risa te sorprenda, que tú sorprendas a una mujer mirándote.
De entre las guapas, Liz Taylor; de entre las feas, Bette Davis; de entre las sombras,
Laura; Kim Novak, de entre los muertos. La entrada al cine, la entrada a la sala, el comienzo de la película. Wilder, Lubitsch, Capra. Hawks, Ford, Huston. Bogart y Bacall, Tierney y Andrews. Un sofá en los Doce Robles, un granero en La Casa de la Sidra, un apartamento en Manhattan, una casa en Long Island. Scarlett mojada por Allen, una buena idea en una película, una frase nueva en un libro, que te sepan decir lo que nunca supiste expresar. Bill a las 12 de la noche. No poder dejar de leer. Leer para quedarse dormido, leer para no dormir. Los encuadres de Hopper, los cuadros de Ford. Las letras del Sabina de ayer, la voz del Sabina de hoy. El comienzo del Johnny B. Good, el final del Stairway to Heaven. Loquillo con Sabino, Segarra con Fecé. Pumares en la radio, Garci en la tele, Ki duk y Kar Wai en el cine.
Las historias largas de Mortadelo y Filemón, las cortas de Zipi y Zape, Anacleto, los
Don Mickey apilados, Tintín y Astérix. Leerlos en el colchón viejo del trastero.
Aquellos Maravillosos Años, la nostalgia, Cinema Paradiso, la caseta de madera en la playa, Verano del 42. Mi primera novia, a quien no le di ni un beso; el último beso que di a quien no era mi novia. Mi profesora de Griego, tu profesora de Filosofía. Una clase que sale bien.
De niño,
la Tierra Media; Macondo, a los catorce; con la mayoría de edad, Comala. Lisboa solo o con amigos, Amsterdam bien acompañado. Lucrecio a solas, Horacio en la facultad, Virgilio a cualquier hora. Ana Karenina, Pálido Fuego, Residencia en la Tierra...

Y paro aquí, porque quiero que esta sea, ¡cómo no!, una lista incompleta a la que añadir líneas hasta el último día, el último momento. Saludos.


Alrededores del Teide, Tenerife. Foto © jesús martín camacho. 2005.
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martes, 24 de octubre de 2006

LOS (POSIBLES) PARAÍSOS PERDIDOS

Hoy dejé pasar otro aliento de vida:
no quería rozarlo con mi muerte.
Di media vuelta y me aterroricé:
estaba yo sólo. Inevitable.

Disculpa si te hice ver que era otro:
ni yo mismo me admito.
Me engaño cuando no soy yo:
Tengo miedo de mi propia persona.
© jesús martín camacho. 2005.


Una sala de exposiciones, Barcelona. Foto: © jesús martín camacho. 2005.
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jueves, 19 de octubre de 2006

PINSAPOS

Durante el puente, de ruta por Sierra Bermeja. Entrando por la carretera de Estepona a Jubrique a la altura del pico "Peñas Blancas" (1010 mts. altitud) comienza el Paraje Natural llamado de Los Reales, donde, si tienes unas horas para caminar, te acompañarán en tus pasos los pinsapos.

Es una marcha muy agradable. Para los que quieran, pueden encontrar información en http://www.pasoslargos.com/lasrutas/reales_sierra_bermeja.htm
Os dejo con algunas fotos.

Paraje Natural Los Reales. Sierra Bermeja. Málaga. Fotos: © jesús martín camacho. 2006

Si alguien se apunta a hacer una ruta de Genalguacil a Jubrique -en www.pasoslargos.com/lasrutas también hay detalles-, que avise).

martes, 17 de octubre de 2006

SÍSIFO

Sísifo, rey de Corinto, fue, junto a Odiseo -del que una leyenda hace padre-, el personaje más astuto de la mitología grecolatina. Se le conoce sobre todo por el castigo al que fue condenado en el Tártaro: empujar una enorme roca por una ladera de una montaña hasta la cima; una vez allí, la roca vuelve a caer rodando hasta el pie de la colina y Sísifo debe comenzar de nuevo su eterna e inútil tarea.

Eterna, sí; pero ¿inútil?: si se ha acostumbrado a su castigo, si de ese trabajo nace una pasión por lo que hace, un disfrute tal que lo mismo le da de si tiene un fin concreto o no -o si simplemente no tiene fin-, ¿se puede tachar de inútil al esfuerzo? ¿es un castigo?
Acabo de disfrutar de la recreación que del mito el escritor argentino Andrés Neuman ha puesto en boca de Sísifo en su libro Alumbramiento -ya me había sorprendido este joven autor (Buenos Aires, 1977) con su libro de haikus urbanos Gotas Negras (2003)-. Sin su permiso, pero haciéndole y haciéndoos un gran favor, os reproduzco íntegramente su relato. Espero que os guste a vosotros y que él no tome represalias.

SÍSIFO
Amanece. La opinión ajena se conforma con muy poco. Amanece despacio, y el río hace cosquillas a la tierra intentando despertarla. Hoy también trabajaré solo. Saldré al monte inundado por el cobre del sol, dejaré que las aves prosigan con su orquesta y cumpliré con lo mío: ya no estoy castigado.
Es un alivio cargar siempre con la misma roca. Es esta: la misma gigantesca, ocre, redonda piedra mía. No siempre ha sido así. Redonda, digo. No es que me merezca ir por ahí alardeando de geómetra, pero antes mi roca era más bien un poliedro. Una masa sin forma definida, con incómodos salientes que traspasaban mis ropas y me herían la piel. Lo que se dice un suplicio. Pero a fuerza de emplearla se ha ido haciendo tersa, regular. Modestamente, ha quedado bien bonita. Y es un alivio cargar con ella siempre, con esta misma roca, un día y otro día y cada día. Un verdadero descanso. Aunque la terca opinión ajena insista: que si sobrellevo una existencia torturada, que si mi astucia se marchita desempeñando una tarea idéntica cada vez que sale el sol, que si jamás podré ver mis trabajos concluidos... ¡Ingenuidades! Sin ninguna intención de ponerme a ensayar paradojas, puedo afirmar que me han quitado un peso de encima.
¿Cambiar yo de roca? ¿Cambiar de colina, de hora, de designio? No imaginan los que se creen libres con cuánta responsabilidad cargan. Tanta decisión que tomar en vano, semejante insistencia en los cambios, deben de resultar agotadoras. Fíjense, en cambio, qué joven me conservo. Además, como es natural, con el paso del tiempo he ido adquiriendo ciertas habilidades en el aparentemente sencillo arte del levantamiento, traslado y posterior depósito de minerales de gran tamaño. No cometeré la exageración de declarar que no me cuesta ningún esfuerzo, aunque pueden creerme si les digo que he dejado de sufrir aquellos lamentables dolores de espalda y que ya apenas me agito al coronar la cima del monte. Podrán suponer que, con la escasa vigilancia a la que me someten, no son pocas las tardes en las que, en lugar de la reglamentaria elevación dorsal, cubro el último tramo empujando mi roca como si se tratase de una rueda o un formidable juguete. ¿Y qué si alguien me viera? ¿Adónde me expulsarían? ¿Van a encontrar acaso a alguien que me reemplace?
Otra de las patrañas de las que me río a carcajadas: el terrible momento de la caída de mi roca, la supuesta decepción de ver cómo se precipita de nuevo ladera abajo... A quienes ignoran la topografía de la zona, me gustaría informarlos de que la falda sur del monte es espesa, verde y húmeda; da gusto recorrerla. ¿Acaso alguien ha dicho que, entre ascenso y ascenso, no puedo permitirme mis pequeños recesos a la sombra de los árboles? Por otra parte, la veloz y estrepitosa carrera de la roca constituye un espectáculo fascinante del que nunca me canso. Me enorgullece confesar que todavía hoy, al comienzo de cada jornada, noto cierta ansiedad en mis movimientos. Como si la certeza de que a lo largo del día veré rodar la roca decenas de veces más no me impidiera aguardar, con la ilusión de un principiante, las primeras caídas de la mañana. Pueden llamarlo como gusten: vocación, simple paciencia o -si son perspicaces- puro sentido práctico.
Ha amanecido sin prisa. La hierba se calienta. Las opiniones se repiten, perezosas. Sé que sufro menos que muchos. No soporto ninguna incertidumbre. Voy por el sendero hacia el monte. Los árboles cimbreantes se lavan la sombra en el río. Sólo una cosa temo, y esto nadie lo sospecha: que un día como cualquier otro, al posar otra vez mi querida vieja roca, esta se quede inmóvil en lo alto.

"Sísifo", de Andrés Neuman. Alumbramiento. Ed. Páginas de Espuma. 2006.

martes, 3 de octubre de 2006

GRIEGO Y LATÍN, ¿PARA QUÉ?

Cito de manera textual:

"(...) reina una general incertidumbre, y a la vez un cierto escepticismo, en los problemas filológicos. Esta indecisión de la opinión pública afecta a una ciencia tanto más cuanto que sus enemigos pueden trabajar con mayor éxito. Y los enemigos de la filología son numerosos. ¿Dónde no hallar al sempiterno burlón, apercibido siempre para dar algún alfilerazo al topo filológico, ese ser aficionado a tragarse el polvo de los archivos, a desmenuzar una vez más la gleba triturada cien veces por el arado? Mas para esta clase de adversarios la filología es un pasatiempo inútil, inocente e inofensivo; un objeto de burla, no de odio. En cambio, anida un odio invencible y enconado contra la filología allí donde quiera que el ideal es tenido como tal ideal, allí donde el hombre moderno cae en la beata admiración de sí mismo, allí donde la cultura helénica es considerada como un punto de vista superado, y, por lo tanto, indiferente. Frente a estos enemigos, nosotros lo filológos debemos contar con la ayuda de los artistas y de las naturalezas artísticas, únicas que pueden comprender que la espada del bárbaro se cierne siempre sobre aquellas cabezas que tienen todavía ante sus ojos la inefable sencillez y la noble dignidad del helenismo, y que ningún progreso, por brillante que sea, de la técnica y de la industria; ningún reglamento de escuela, por muy acompasado que esté a los tiempos; ninguna formación política de la masa por extendida que esté, nos puede proteger contra los ridículos y bárbaros extravíos del gusto ni de la destrucción del clasicismo por la terrible cabeza de la Gorgona".
Friedrich Nietzsche, Basilea, mayo 1869.
Nuevos tiempos, mismos enemigos.

Perseo. Benveneuto Cellini (1554). Loggia dei Lanzi, Piazza della Signoria, Florencia.

lunes, 2 de octubre de 2006

INCAPACIDAD

Alfama, Lisboa (Portugal). Foto: © jesús martin camacho. 2006.


Mi cuerpo junto
a una farola se alivia
pero, ¿y mi alma?

© jesús martin camacho. 2006.

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miércoles, 27 de septiembre de 2006

CURIOSIDAD

¡Bendita la curiosidad, madre de todo conocimiento!






Atenas, Grecia. Fotos: © jesús martín camacho. 2006.
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lunes, 25 de septiembre de 2006

EL MAR EGEO

Una historia sobre el mar. Hacia el final del s. V a.C., dos hermanos, Artajerjes II y Ciro el Joven, se disputaban en guerra el mando del imperio persa. Este último, para fortalecer sus tropas, contrató un ejército de mercenarios griegos, que se trasladó hasta el teatro de operaciones bélicas. Hacia el 401 a.C. Ciro cae en la batalla de Cunaxa (a unos 80 km de la antigua Babilonia, al sur de lo que hoy es Bagdad). Los soldados griegos quedan pues derrotados. Pero no sólo eso, sino sin apenas recursos ni fuerzas en una tierra extranjera cuya lengua desconocían y cuyos habitantes fueron no hacía mucho sus más enconados enemigos. Su única opción: regresar a casa. Quedaban por delante 2.500 kms de marchas forzadas hasta llegar al mar. Tenemos la suerte de que entre ellos se encontrara el escritor Jenofonte, que nos dejó en la Anábasis un fiel retrato de esa retirada. Cuenta que, tras innumerables penalidades y sufridas bajas, cuando apenas les quedaban fuerzas, alcanzaron la cima de una montaña y, desde allí, con lágrimas en los ojos, exultantes y abrazados unos a otros, comenzaron a gritar: "Θαλαττα, Θαλαττα" ("¡El mar, el mar!). Ante ellos el azul que les conduciría a la salvación; el mar, que no sólo era su camino hacia su tierra, no sólo símbolo de sus hogares, sino que era su propia patria. Cuando este verano he podido ver y bañarme en el mar Egeo, he sentido algo -siquiera en una mínima porción- de lo que sintieron esos héroes derrotados. Juzguen ustedes si valió la pena.




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Skopelos. Islas Espóradas. Grecia. Fotos: © Jesús Martín Camacho. 2006.

miércoles, 20 de septiembre de 2006

AMISTAD

Comienzo una nueva temporada con el blog. No sé si lo está leyendo mucha gente o no, pero la verdad es que, sea cual sea la respuesta, me gusta escribir en él. Y me consta que a mucha gente le pasa lo mismo, al menos al grupo de Víctor y compañía, en el cual cada vez hay más gente con ganas de comunicarse a través de sus blogs. En sus escritos hay muchas referencias a sus afinidades, a épocas anteriores comunes, a la amistad. Esto me llevó a que la primera entrada de este curso fuese dedicada precisamente a ella. No me voy a extender. Simplemente transcribir algunos artículos de un código de honor que conocí leyendo este verano. Se trata de El Kanun de Lek Dukagjin y recoge todo el derecho consuetudinario albanés referente a los códigos de honor en la familia y la amistad. Juzgad vosotros mismos la importancia que tiene ésta en esa sociedad. A mí me ha encantado.

Art. 602. La casa del albanés es de Dios y del amigo.
Art. 620. Si entrara el amigo en casa, aunque haya sangre de por medio, le dirás: "¡Sé bienvenido!".
Art. 645. A quien le sea afrentado el amigo todas las cosas le serán dadas con la mano izquierda y por debajo de la rodilla hasta que sea reparado el ultraje.
Art. 649. Se perdona la afrenta al padre, al hermano y hasta a los primos sin descendencia, pero la afrenta inferida al amigo jamás se perdona.
Art. 1251. Los amigos que se arañan el rostro en la muerte del amigo no se lavarán la cara ensangrentada ni en la casa, ni en la aldea del difunto, ni tampoco en el camino, más solo cuando lleguen a su propia casa.










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Metro de Madrid. Foto © Jesús Martín Camacho. 2006.

lunes, 10 de julio de 2006

RUPTURA

Sobre la valentía de la sinceridad y el no ampararse en argumentos-excusas a la hora de abordar una separación.

No me niegues con palabras de otro,
ese camino fue ya muchas veces recorrido:
de él no se conservan retamas ni guijarros,
descanso ni reposo.

Comienza tú uno nuevo,
no hace falta que sea grandioso,
sólo terreno y maleza,
polvo, rastrojos; pero tuyo.
Que sean tus huellas las únicas que lo avasallen,
mis ojos los primeros que lo sufran –los únicos—,
que le lleguen a destiempo, que lo abracen a la vuelta.
Comienza tú; sin nadie.
© Jesús Martín Camacho. 2005.

Separación (1894). Edvar Munch (1863-1944)

miércoles, 21 de junio de 2006

UNA ROSA DE LA TUMBA DE HOMERO

Una maravilla (no caigo en el tópico de decir pequeña maravilla: la calidad no está reñida con la brevedad) de Hans Christian Andersen dedicada a uno de los escritores que más admiró: Homero.


Una rosa de la tumba de Homero
En todas las canciones del Oriente resuena el amor del ruiseñor por la rosa; en las claras y mudas noches estrelladas, el alado cantor ofrece una serenata a su aromática flor.
No lejos de Esmirna, bajo los altos plátanos donde el mercader conduce sus cargados camellos, que alzan orgullosos sus largos cuellos y pisan con sus cascos una tierra sagrada, vi una vez un rosal. Entre las ramas de los altos árboles volaban las palomas torcaces, y sus plumas refulgían cuando un rayo de sol caía sobre ellas, y parecían como de madreperla.
En el rosal había una flor de las más bellas, y para ella cantaba el ruiseñor las aflicciones de su amor; pero la rosa callaba. No había en sus pétalos ni una gota de rocío como una lágrima de compasión, e inclinaba sus ramas sobre unas grandes piedras.
- ¡Aquí reposa el más grande cantor de la tierra! – dijo la rosa -. Sobre su tumba exhalaré mi aroma, sobre ella dejaré caer mis pétalos cuando los arranque la tormenta. El cantor de la Ilíada se hizo tierra en esta tierra de la que yo he surgido. Yo, una rosa de la tumba de Homero, soy demasiado sagrada para florecer por un pobre ruiseñor.
Y el ruiseñor siguió cantando hasta morir.
Llegó el camellero con sus camellos cargados y sus esclavos negros; su hijito encontró el pájaro muerto y enterró al pequeño cantor en la gran tumba de Homero; y la rosa se estremeció con el viento. Llegó la noche, la rosa plegó sus pétalos y soñó: Era un precioso día de sol. Llegó un grupo de extranjeros que peregrinaban a la tumba de Homero. Entre los extranjeros había un cantor del norte, del país de las nieblas y la aurora boreal. Arrancó la rosa, la metió entre las páginas de un libro y se la llevó con él a otra parte del mundo, a su lejana patria. Y la rosa se marchitó de pena y yacía en la estrechez de las páginas del libro, que él abrió en su casa diciendo: «He aquí una rosa de la tumba de Homero».
Eso soñó la flor, y al despertar se estremeció con el viento; una gota de rocío cayó desde sus pétalos sobre la tumba del cantor, y el sol se alzó, el día se hizo cálido y la rosa enrojeció aún más hermosa, allí en su cálida Asia. Sonaron entonces unos pasos, llegaron unos extranjeros como los que la rosa había visto en su sueño, y entre los extranjeros había un poeta del norte. Arrancó la rosa, depositó un beso en su fresca boca y se la llevó a su país de las nieblas y auroras boreales.
Como una momia, el cadáver de la flor reposa entre las hojas del libro, y como en el sueño oye al poeta abrir el libro y decir: «¡He aquí una rosa de la tumba de Homero!».

Hans Christian Andersen

Homero

viernes, 16 de junio de 2006

¡EPA!

Una de las mayores satisfacciones que me dio el comenzar mi vida laboral fue disponer de dinero para empezar a viajar. Uno de los mejores aspectos de mi trabajo es gozar de muchas vacaciones para poder hacerlo repetidamente a lo largo del año. Sabido esto, una de las mayores tonterías que podría hacer es desperdiciar estas condiciones y no largarme cada vez que pueda antes de que me impida hacerlo cualquier hipoteca o letra. A la espera de los viajes veraniegos, dejo puestas algunas fotos de mi segunda visita al País Vasco: si en la primera San Sebastián fue el lugar principal, esta vez fue Bilbao. Y, si me dan a elegir, me quedo con esta segunda. En la entrada anterior puse fotos de la costa de Vizcaya, ahora toca de la capital:

Museo Guggenheim. Bilbao

Museo Guggenheim. Bilbao.

Catedral de Santiago. Bilbao

Ahora, algunas de San Sebastián:

Ayuntamiento. San Sebastián.

Basílica de Santa María. San Sebastián.






El Peine del Viento. San Sebastián
Y, por último, Gernika:

Gure aitaren etxea. Parque de los pueblos de Europa. Gernika. Vizcaya.

Gran figura en un refugio. Parque de los pueblos de Europa. Gernika. Vizcaya.

Fotos: © jesús martín camacho. 2006.

SAN JUAN DE GAZTELUGATXE




Hay lugares en los que le jode a uno encontrarse con un montón de gente. Lugares que uno preferiría disfrutar solo. Cualquier mínimo ruido que no sea connatural a él, lo afea y destruye un poquito. No digamos el ataque de los turistas. Y lo peor es que ¡tú mismo eres uno de ellos, con el mismo derecho de visitarlo! La visita masiva de gente estropeó mi recuerdo del Monte de Santa Tecla (Lugo), del poblado celta que descansa en su falda, y del Cabo da Roca, en Portugal, por poner dos ejemplos; me pude librar de ello en Cruz Alta (Sintra) y, sobre todo, en la Acrópolis de Atenas (increíble, pero el tiempo lluvioso obró el milagro).

Aquí, sin embargo,en San Juan de Gaztelugatxe, aunque éramos muchos los que estábamos allí ese domingo -mala elección la del día-, esto no impidió que disfrutara de sus vistas y de la subida a la ermita. La roca fue en un principio una isla, pero con posterioridad se le añadió un puente para que pudieran pasar los peregrinos, cada vez más numerosos. Una vez en la "isla", 231 peldaños de via crucis separan al fiel del templo, situado a unos cien metros por encima del nivel del mar.

Ermita de San Juan de Gaztelugatxe. Carretera de Bermeo a Bakio. Vizcaya. Fotos: © jesús martín camacho. 2006.

martes, 13 de junio de 2006

SUGERENCIAS CINEMATOGRÁFICAS (III): PAT GARRET Y BILLY THE KID

Pat Garret & Billy The Kid (1973). Nacionalidad: Estadounidense. Director: Sam Peckinpah. Guión: Rudy Wurlitzer. Intérpretes: James Coburn (Pat Garret); Kris Kristofferson (Billy el Niño); Bob Dylan (Alias); Richard Jaeckel (Sheriff Kip McKinney); Katy Jurado (Mrs. Baker); Chill Wills (Lemuel). Música: Bob Dylan. Premios: Nominado Kris Kristofferson en los BAFTA al mejor actor novel.

Los tiempos están cambiando. Pat Garret y Billy el Niño se reencuentran en Nuevo México. Mientras Billy bebe, Pat le comenta que va a ser nombrado sheriff de ese territorio; que le han contratado para que lo mate; que será mejor que cruce la frontera. Billy no está dispuesto a hacerlo. Pat le da la espalda y sale de la cantina. Monta su caballo y se marcha. "¿Por qué no aprovechaste para matarle, Billy?" "¿Matarlo? Es mi amigo".
Dos palabras y aquí esta la película: amistad y muerte. Ése es el poema. Ésta es la épica entre dos personajes condenados a enfrentarse ahora que los tiempos están cambiando. Ahora, que uno de ellos intenta evolucionar y que el otro se resiste, no queda más que llamar a las puertas del cielo. Uno y otro. Y la civilización se les viene encima.


Una película a disfrutar en muchos aspectos. En lo visual, Peckinpah no se regodea insistentemente en sus consabidas imágenes ralentizadas; y sus planos, bastante sostenidos, abarcan la ubicación de los personajes a lo John Ford; en lo narrativo, el poema se desarrolla sin ninguna brusquedad y con un ritmo acorde a él; la música, a pesar de lo controvertida que pueda parecer a algunos (a mí, no) la participación de Bob Dylan y sus canciones, le viene como anillo al dedo; incluso la falta de música: maravillosamente presente en su ausencia en las dos escenas finales.
En fin, una película que habla de la amistad y de la muerte. Del aceptar los nuevos tiempos, aunque sepa amargo, o no hacerlo, aunque sepa a tumba. De cielos azules y de fuertes arrumbados. De encargos y de posturas vitales. De mínimos gestos y de menos palabras. De todo el tiempo que ha pasado y del poco que queda. De la amistad y la muerte.


Pat: Parece como si... los tiempos estuvieran cambiando.
Billy: Los tiempos puede. Yo, no.

MÚSICA

Para Christian, por hacer de hermano mayor e introducirme
en la buena música, el buen cine y la buena literatura.
Entonces apareció aquel hombre. Llevaba una guitarra y un pequeño amplificador. Lo plantó cerca de los bancos de la plaza, allí donde había más gente, y lo encendió. La mayoría de los presentes apenas le dirigió un par de miradas cuando, sorprendidos por el sonido de la música, comenzó a tocar. ¡Al instante retomaron sus vanas conversaciones, sus insulsos chismorreos, sus patéticas inquietudes! Dejé a mis amigas jugando, me separé un poco y me senté a escuchar. No pasó mucho tiempo hasta que el músico se dio cuenta de que nadie le atendía, y, ya a punto de recoger su humilde equipo, me miró. Bajé la vista, incómoda. Cuando la levanté, seguía observándome. Me sonrió. Se acercó hacia mí. Probablemente pensaría que ganándose el interés de una niña pequeña conseguiría al menos unas monedas de sus padres; o quizá no, quizá le recordase a él de niño. Sea como fuere, si era realmente así, no habría caído en ello ni me hubiese importado lo más mínimo. Ahora yo era su única espectadora y lo que sonaba tenía cada vez un aire más exclusivo e íntimo. Ya no sentía vergüenza. Me giré completamente y me quedé embobada. Él debió de sentir ese interés, porque ya no tocaba canciones más o menos populares, sino que comenzó a versionar de piezas clásicas. Aquello terminó por cautivarme. Se acercó y se acomodó en el suelo. Continuó tocando. Sólo para mí.

Plaza Mayor. Bilbao. Foto: © Jesús Martín Camacho. 2006.